Durante
meses he permanecido persistente en su ser, observándolo desde
lejos, también desde cerca, siguiendo sus pasos, sus huellas. He
vivido tiempo con él, aprendiendo que tan esplendido es, viendo que
tan maravillosos son sus ojos, sintiendo cada latido acelerado cuando
se acercaba a mí, él me amaba, yo lo amaba. Pero un muro de piedras
más fuerte que el rugido de un león impedía toda interacción
amorosa. Sí, era un amor imposible. Amor, porque desde el primer día
que él apareció en mi vida ocasiono un sin fin de sentimientos, de
emociones a punto de estallar. Imposible, porque aunque lo amara no
podía otorgarle mi amor, no era lo debido.
Él
sabía como hacer que mi cabeza entrara en descontrol y mi corazón
comenzara a galopear como un corcel suelto, teníamos gustos muy
parecidos, nos gustaba sentarnos a ver las estrellas mientras
escuchábamos esa magnifica música que me había enseñado a
contemplar, uníamos constelaciones que nosotros mismo imaginábamos
y luego reíamos hasta el amanecer. Cuando estaba con él todo
simplemente se volvía mágico, irreal, era un sueño. Parecía más
aún un sueño cuando llegaba a casa, recordaba aquellos momentos y
me daba cuenta de cuantas oportunidades estaba perdiendo, pero sabía
que era lo correcto, eso me daba ánimos para no defraudarme a mí
misma y aunque no quisiera, seguir con ese amor utópico.
Al
inicio él no sabía que nuestro amor nunca podría ser, entonces
intentaba, intentaba e intentaba llegar a mí, pero yo me negaba,
hasta que se cansó y tuve miedo de perderlo, me exigió una
explicación y yo no tuve más que contarle que no podíamos ser,
antes de que digiera nada, le dije que debíamos alejarnos, imaginé
que él no querría nada ahora que sabía que nunca seríamos más
que amigos. Pero algo me sorprendió, su reacción no fue la que yo
esperaba, él me dijo que haría lo que fuera por estar cerca de mí,
que en nuestros corazones podíamos ser lo que queramos, nada nos
impediría amar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario