lunes, 2 de septiembre de 2013

Amor incondicional

Un día, mirando fotos viejas, encontré a aquella persona que me hizo feliz durante un año, con insignificantes detalles, él me hacía feliz, me hacía sentir especial y que yo no era otra más del montón. Era educado y cortes, era dulce y sabía que decir para elogiarme o sacarme una sonrisa. Amaba hablar con él, era inteligente, sabía que decir, era una persona agradable para mantener una conversación, agregándole que era gracioso, tenía su pequeño humor en todo lo que decía, era algo que destacaba y me gustaba. Cuando estábamos juntos el tiempo se detenía y los problemas no tenían importancia, solo existíamos nosotros dos. Nunca obtuve abrazos tan dulces como los que él daba, eran delicados, abundantes, como sus besos, que me hacían volar, uno de sus besos podía equivaler a miles de dulces niños felices, esos que al mirarlos sonreír alumbran toda una vida de oscuridad. ¿Cómo no amar a ese dulce ser? Si cada vez que me sonreía veía el cielo iluminarse como cada amanecer, si cada vez que sus dulces abrazos opacaban en mí miles de aves volaban felices hacía sus hogares, si cada vez que estábamos juntos el mundo vivía en paz.
No todo era color de rosa, no era una relación perfecta, las relaciones perfectas no son reales, ya que la perfección es irreal, una ilusión. Había vida en nosotros, y en la vida siempre hay altas y bajas, cada pelea parecía una guerra, intranquila, agresiva, mataba ilusiones, mataba la paz. Pero cuando llegaba la hora de volver a ser felices el sol irradiaba más luz brillante que cualquier otro día, las nubes desaparecían y cada ave demostraba su amor por volar. Eramos dos jóvenes que anhelaban envejecer juntos, tener niños y verlos crecer, aprendiendo de la vida. Como toda pareja teníamos planes juntos, toda una vida de sueños. Siempre fuimos dos soñadores, a lo grande, soñábamos con construir una enorme casa donde quepan muchos niños, soñábamos con una gran familia, una de esas que los vecinos envidian por ser tan felices.
Hasta que de a poco todo se fue esfumando, los sueños, los abrazos, los besos, las miradas, sus sonrisas ya no eran para mí. Cada día algo más iba faltando, desaparecía, se veía de lejos, ya nada era igual. Un día todo había cambiado y simplemente ya nos habíamos olvidado, él había encontrado a alguien más y yo había recordado como se vivía sin él, era mucho más grato que sufrir su ignorancia. Entonces todo ese amor que vivía en nosotros murió, en él nació otro y en mí renació el amor hacia uno mismo, el amor que todos tenemos en nuestro interior, cuando estamos con alguien, ese amor se transforma y es utilizado para amar al otro, pero cuando estamos solos ese amor renace en nosotros y nos enseña cuan importantes somos, nos da la libertad de ser felices y luchar contra la vida solos y fuertes, libres. Me gusta recordar mis anécdotas, porque cada una conlleva a algo de todo lo que he aprendido en mí vida, a algo de todo lo que he vivido y uso para vivir.




No hay comentarios:

Publicar un comentario