El
mundo era suyo, podían atravesar miles de océanos juntos, nada los
detenía, sus almas eran iguales, era magnifico verlos de la mano,
ver como sus miradas se encontraban daba dulzura. Pasaron tantas
cosas juntos, miles de peleas, celos, altas y bajas, pero nada los
separaba, luego de las peores tormentas seguían en pie, era
alucinante. Recuerdo una vez que me quedé a observarlos, se sonreían
felices, sin ningún motivo, se miraban a los ojos tratando de
mostrarse, abrazados eran uno solo. Nada era más grato que ver ese
amor que irradiaban.
Pero
de pronto, todo comenzó a tornarse gris, comenzaron las fuertes
peleas, los engaños, el dolor, la humillación, nada se veía como
antes. Se ignoraban, podían pasar días sin hablarse solo por su
orgullo, pero en ellos existía el dolor de no tenerse. Se podía ver
a los dos destrozados simplemente por no estar juntos, a eso, cuando
todo se reparaba parecía que todo era rosa de nuevo, pero solo era
lo que aparentaba, ya que luego de unos días de armonía volvían a
padecer obstáculos en su relación.
Luego
de muchas idas y vueltas, decidieron alejarse, obligados a olvidarse,
su orgullo se elevó y se miraban a lo lejos, simulando ignorarse. Se
extrañaban, sus mundos no estaban acostumbrados a separarse tanto.
Llegaron al punto de contradecir sus sentimientos por el simple
disgusto de no poder olvidar, de no poder borrar esa sensación de
afición que se tenían.
Mucho
tiempo después uno de los dos no aguantó más la pena, olvidó su
dignidad y volvió a contactar con el otro. Confesaron cuanto se
extrañaron, cuanto añoraban volver a ser. Pero nada era como antes,
ya todo había cambiado, era algo ajeno a lo que antes habían
sentido. Lo intentaron todo pero el tiempo no vuelve, ni las
oportunidades perdidas, los errores no se olvidan, todo queda en la
memoria, el dolor siempre estará intacto y ninguno de los dos
volverá a sentir lo mismo que algún día sintieron, ese sentimiento
de ser completo, de ser feliz, de ser verdaderamente amado.
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