Ella cambió su desastre por un poco de amor, amor que existía en el mar más profundo, amor encadenado a hundir, y ella aún así se sumergió. Atada de manos y píes quiso ir a donde nadie ha ido jamás y fracasó. Olvidó que las estrellas no se ven cuando hay sol y que hay días que la luna no está. Olvidó que hay noches de frío y calores de infierno. Nunca sintió su corazón congelar ni su alma tan aterrada de no poder. Corrió como nunca había corrido y aún así tropezó antes de llegar a la mitad de la carrera. Quiso no pensar y fracasó creyendo que el corazón siempre tiene la razón. Enterrada de pies a cabeza, procuró seguir yendo con la cabeza en alto sin mirar quien venía por delante, dejó así tanto en el camino que no se dio cuenta cuanta tierra llevaba encima. Sus hombros le pesaban y la culpa emergía desde lugares inimaginables. No se liberó y así cayó de cara al piso como había caído miles de veces. Inconsciente se arrastró e intentó volver a empezar, pero es imposible si sobre su cabeza existen miles de tormentas, que no la dejan ver ni oír, imposible seguir. Permaneció quieta, casi muerta, no respiró, ni siquiera parpadeó. Y lloró, lloró todas sus tormentas, todas sus culpas, lloró su desastre y todo el amor que le quedaba, lloró hasta estar limpia y sin tierra, lloró hasta poder ver y respirar. Así también permaneció quieta, cerró los ojos, escuchó, sintió el olor a tierra mojada, había llovido, la tormenta se alejaba despacio, y en el fondo sintió, sol, luz, sintió que quizá había una oportunidad de volver a empezar, y no lastimar, no dañar, de crear, de resurgir.
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