viernes, 15 de diciembre de 2017
Amor
Sin darme cuenta las noches se volvieron días y el sol me regaló fuertes rayos de luz, se iluminó el cuarto y, escondido en una cajita, lo encontré. Tenía miedo, no quería salir, quiso hacerse pasar por lujuria pero se le notaba en los ojitos que no lo era, de a poquito me dejó entrar, me hizo sacarme los zapatos para no ensuciar y me contempló espectante por unos minutos. No paraba de pensar lo lindo que era, más aún cuando se despojó de sus telares y dejó ver su verdadero ser, brillaba como una estrella, me dejó perpleja. Comencé a llorar, sin encontrar razón, hasta que me abrazó y el lugar se inundó de una sensación de paz absoluta. Cuando uno lo ve, es muy difícil de creer, pero lo siente, que crece y hace raíces, comienza a sembrar, por todo el cuerpo, y si de casualidad, los frutos son dulces, se queda para siempre. Un poco maleducado, no me pidió permiso, entró con sus valijas y armó su hogar, en un rinconcito puso sus ropas y artilugios, trajo muchos libros y canciones, se acomodó para estar. Tampoco me opuse demasiado, porque desde el minuto en el que entró, todo fue mejor. Y allí pertenece, el sentimiento más ameno, la fuente de la vida y la creación, el sentido del arte, el color de tus ojos, el amor encuentra su lugar en vos, mientras crece, tanto, que la única forma de que nos alcance, es crecer con él.
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Precioso.
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