Mi trato con la noche es observarte dormir, soñar con las mágicas
lunas debajo de la almohada, el placer de tu roce y lo poco que quiebra mi
sonrisa, las milongas que suenan en el sin fin del barrio, tus ojos al cielo
que gritan guerra, paz y ruina. Verte danzar entre telas y rayos de luz, en la
penumbra de mis gestos, a la sombra de mis ojos, tu inmaculada figura digna del
sol, la vida misma entre tus manos. Juré ante un dios insignificante no
rendirle cuentas a nadie, pero te veo así pidiendo agua en un desierto sin
gracia y no puedo dejarte desamparado, sin socorrer tu boca a tientas, sin
compartir el suave sabor a gloria. La electricidad que conecta las yemas de tus
dedos con las mías, la boca posada en la piel, creando universos paralelos,
buscando una razón de ser, tenerte acá conmigo. El silencio absoluto entre los
dos, un pájaro que canta de fondo, el cielo negro y profundo, donde se pierden
las almas sin cuerpo, la estrella que hierve y pide más, la noche te observa
por si sola y no puede entender su maravillosa creación. Encontrar aquello que
se perdió, el miedo que se expande bajo el sol, sin decir que sus ramas se
secan cuando se tocan, pensando que aquella noche te di todo lo que jamás tuve
y daría más si por ti fuera, mientras vivas en las alturas, aferrándote a tus
alas y al susurro firme de volar. Teneme siempre en tus plegarias, al mesías en
el que no crees, en la palabra blasfemia, en tu grito de píe, en vos y en nada
más que en vos, guardame paciencia, lo bueno tarda en llegar, dicen los que
saben esperar.
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