Las redes sociales dan más poder del que realmente creemos tener, son una puerta enorme donde cualquier cosa, buena o mala, puede entrar o salir. Nos hace creer que estamos en constante contacto, cuando estamos totalmente desconectados del otro, creemos saber de su vida, saber como está, que está haciendo, que está pensando. Olvidamos completamente que es una pantalla, que es virtual, que es manipulable. Lo que sabemos bien es que las personas que nos siguen son también manipulables, jugamos para ellos el juego que más nos conviene y el que más nos gusta. Y nos creemos dueños, dueños de un mundo que nosotros mismos creamos, de nuestro mundo virtual, tratando de llenar un vacío o una carencia, haciendo creer al otro lo que quieras hacerle creer. Si nos diéramos cuenta que el otro no es algo, sino alguien, que siente y que le pasan cosas, que te quiere mirar a la cara o escuchar tu risa, que no quiere que le claves el visto, quiere que lo escuches hablar, de frente, al lado tuyo. Si nos diéramos cuenta que la vida no gira en una red social, más que un me gusta, más que un retuit, que la vida es más que eso, mucho, mucho más que eso.
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